martes, marzo 18, 2008

El clan


En una remota aldea a las afueras de Kampala hay una gran hoguera crepitando en la madrugada. Frente a ella, el último de los Bukenya contempla entre sollozos como arde su cabaña; como se calcina la amargura del ayer; como las lenguas de fuego dibujan en la noche pretéritos pasajes de su infancia. Llora mientras ve desmoronarse el esqueleto abrasado de su hogar. Bajo aquel techo de ramas y paja habían nacido sus hermanos, allí habían subsistido entre polvo y lodo; labrando de sol a sol el sitio de su recreo, el árido campo ugandés. Y allí, en su humilde choza, habían fallecido junto a sus padres en apenas dos décadas, victimas del hambre y la enfermedad.

El último de los Bukenya tan solo tiene cuarenta y dos años, y ya es un anciano. La penuria y la dolencia han extinguido cualquier vestigio de la existencia de los suyos. Y en su chabola infesta de sufrimiento y aflicción, transcurren los días sin pasar el tiempo. Su única esperanza está en huir del recuerdo hacia una tierra con futuro.

Cuentan las leyendas de la comarca que existe un reino de flores sin guerras ni hambrunas. Un lugar llamado Holanda, mas allá de las pirámides de Gizeh, donde los campos son de tulipanes, y los molinos ruedan al viento...

viernes, febrero 01, 2008

Los efímeros


Los efímeros son seres triviales, livianos, vacíos. Deambulan por la vida adoptando personalidades ajenas, los roles que cada momento les otorga. Son instantáneos, frívolos, fugaces; no perduran en la memoria ni en los corazones. Son exteriores, circunstanciales. Sus palabras se desvanecen al viento, sin contenido ni sentido.
Son momentáneos, repentinos, intentan aparentar lo que no son, hablar de lo que no saben y ni si quiera les importa. Persiguen el reconocimiento ajeno, codician que les envidien, y envidian lo que codician. Son seres pasajeros, breves, perecederos. Desean lo que no tienen, ansían destacar en algo, publicar sus hitos, alardear de sus éxitos, pregonar sus virtudes, exhibir más de lo que poseen, mientras desdibujan bajo la hojarasca la senda del prójimo.
Los efímeros no viven amando sino ambicionando, no opinan sino afirman, no hablan sino ladran. Son vagabundos del sistema, seres grises, deshumanizados, espectros de la animadversión.
El único efímero recordado es el que se arroja al vacío por el abismo de sus miserias, ya que al menos después de muertos, la compasión les extrañará…

viernes, diciembre 07, 2007

El habitante del fin del mundo


Esta es la historia de un muchacho que vivió y mató siendo un niño. El relato de un infanticida infantil, cuyas víctimas fueron los más vulnerables seres del mundo: los indefensos chiquillos de su ciudad. Aquellos homicidios fueron los más escalofriantes sucesos que se registran en las crónicas policiales del lugar.
El más joven de los asesinos en serie nunca antes conocido, era un muchacho atormentado por la enfermedad, por las palizas que le propinaba su padre y por la crueldad de sus fantasías. Cuenta la mitología negra de la capital que durante su infancia torturaba los pájaros que cazaba, arrancándoles ojos y plumas, y que a pesar de la fragilidad de su famélica silueta, golpeaba con fuerza y sadismo a los críos que atormentaba hasta la muerte. Creció en un arrabal desgranado de paisanos y extranjeros. Su niñez transcurrió en la calle, expulsado de las escuelas, vagando por las aceras, extraviado entre el reformatorio y su destino.
Lo llamaban "El Petiso Orejudo" debido a sus enormes y apantalladas orejas; era un huraño despiadado, sanguinario y atroz. Un criminal cuya barbarie asoló la Pampa.
Murió en la cárcel del fin del mundo, en la tierra de fuego. Allí donde zarpan los barcos hacia los confines de la Antartida.
Sobrellevó los largos días de la cárcel, sin amigos, sin visitas ni cartas, maltratado y violentado sexualmente. Murió sin confesar remordimientos; nunca se esclarecieron las causas de su deceso. Cuando el penal fue clausurado los huesos del celebre homicida no pudieron ser hallados en el camposanto de la penitenciaria. Aquella infame vida llegó a su fin en la ciudad de Ushuaia, la tundra de la Patagonia, la ciudad más austral del planeta.

Cuentan los ancianos del lugar que el fémur del sádico habitante del fin del mundo aún reposa como pisapapeles en el hogar del último alcaide de la prisión…

sábado, noviembre 17, 2007

El miedo


El miedo al dolor nos torna endebles y vulnerables: el temor al conocimiento nos condena a la ignorancia; el terror a opinar nos oprime en la esclavitud; el no querer evocar nos despinta en el olvido; el pánico a amar nos sentencia a la soledad, el miedo a temer nos enferma de locura.
El miedo es un escalofrío solitario en la oscuridad, bajo la almohada, al recordar que algún día moriremos, y ya jamás, nada más sentiremos.
El miedo es un pajarillo con la jaula abierta, acurrucado junto a los barrotes que un día le encarcelaron, temblando aterrorizado frente a la libertad…

lunes, noviembre 05, 2007

Un lugar en alguna parte


El peregrino ha emprendido su travesía hacia un lugar en alguna parte, un largo camino repleto de enigmas y peligros. La aventura de las mil y una lunas, un viaje hacia algún lugar en el mundo, atravesando pueblos y parajes donde compartir, conocer y aprender; rincones para intercambiar, degustar, y regar la mirada de sabiduría, curtiendo la piel de experiencia; montañas obturando la ruta, donde se pierda el dibujo de la senda tras la niebla que abriga las cimas; bosques tabicando el periplo, cerrándose sobre la vereda con frondosa vegetación.

El viajero errabundo nunca se detiene, para que las volubles tierras del sendero no le engullan; recorre su itinerario con paso firme y atrevido, escudriñando nuevas vías de reanudar el viaje cada vez que presiente haber arribado a su destino.

El explorador errante extraña una remota parte del mundo, su porción de espacio en la vida, su ambiente esencial, personal y eterno. Pero este elíseo se esconde mucho más allá de las remotas playas de Moais en Rapa Nui. Cuentan los trotamundos que los vergeles anhelados limitan con las cataratas del fin del mundo y las montañas de fuego, son países deshabitados que ni si quiera aparecen en los mapas.

El peregrino busca nuevas fronteras que atravesar, sin temer a lo desconocido, no recorriendo nunca el camino trazado, porque tan solo le conduce hacia donde otros ya han estado. Pero tras largos años de viaje entiende que su destino final no será su deseado edén, sino el conocimiento y la mundología que le ha regalado la supervivencia durante su travesía...

martes, octubre 16, 2007

El silencio


Algunas personas hablan en silencio; no entre afónicos susurros, sosegados murmullos, o con gesticulados signos; sino en el más absoluto mutismo. Tendidos en la arena observándose mientras el sol broncea sus cuerpos, se contemplan sin mentar palabra; reclinados sobre el sofá viendo una buena película, no emiten sonidos, ni ecos sordos; tan solo se miran a los ojos con lenguaje telepático, charlando en silencio.
Los secretos están a salvo en el silencio, las cautelas viven en paz y discreción, omitidas y circunspectas.
El silencio es sigiloso y enigmático, tan prudente como misterioso, tan denso como intenso. Es un lenguaje vehemente, compacto y a la vez extenso. Siempre acompaña a la calma, es tranquilo y reposado; un rumor estrangulado, una conversación sorda, una opinión enmascarada. Hay cosas que solo se pueden sentir y expresar parando el tiempo, ahogando el ruido, sin musitar palabras, sin emitir sonidos; como leer estas líneas, así, en silencio.

jueves, octubre 04, 2007

El triangulo


Una mujer arrastra sus pies por los pasillos de la Terminal, como si los momentos recién vividos o su equipaje de mano le impidieran caminar. Los recuerdos empañan su mirada tras unas grandes gafas tintadas, mientras la melancolía ancla su paso frente a la puerta de embarque, aguardando que al otro lado del teléfono adviertan su llamada.

A esas horas el tráfico colapsa el cinturón de la ciudad, y mientras los motores murmullan sobre el asfalto, el sol se va escondiendo tras las torres de oficinas en el horizonte, donde muere la autopista. Y allí en medio del colapso un hombre de mediana edad habla a través de su auricular, asiendo el volante con una mano, mientras la otra sintoniza una emisora musical en el dial. El ruido de la caravana, los acordes electrónicos y la conversación le impiden advertir el tímido timbre de otra llamada, perdida en el tumulto.

A pocos kilómetros una mujer apura un cigarrillo al teléfono, vigilando la calle desde la terraza de su apartamento. Del sofá a la azotea pasea inquieta mientras escucha el desconcierto de la carretera al otro lado de las ondas. Observa el minutero impaciente entre los gritos de sus niños jugueteando en el salón. Enciende otro pitillo mientras tiende la ropa al viento, bajo el vuelo raso de un avión, que alza su viaje hacia el ocaso…

miércoles, septiembre 19, 2007

Los puentes de Aldebarán


Como la luz de un batiscafo en la profundidad del océano, un fulgor cegador desgarró la madrugada sobre el puente del Bósforo. Las sirenas de los petroleros aullaron a la luna, los ecos de la ciudad se sumaron al estrépito, al tiempo que una marea humana inundó de murmullos las calles de la vieja Estambul. El misterioso resplandor centelleó en la noche, como un faro alumbrando el caos, aluzando las sombras con su intensa claridad; dibujando imágenes geométricas en cada destello, proyectando en el aire una secuencia de claroscuros, brillos y contrastes.
Arribó de la nada, quebrando la noche en un instante, ante el pánico y la perplejidad de las miradas. Como el reflector del submarino que rasga la oscuridad abisal, ante la incomprensión de los peces, incapaces de explicar un fenómeno que turba su apacible universo azul. Atónitos frente a la singularidad, inquietos frente a lo desconocido; aterrados, fascinados, hipnotizados por unos rayos luminosos, tan próximos en la distancia, como alejados de la razón.
Y como vino se esfumó, en el espacio de un suspiro, perdiendo su estela refulgente más allá de las estrellas, dejando el puente entre Asia y Europa bajo un espeso manto blanco, como si una intensa nevada hubiera caído sobre la bahía. Aquella misma noche de agosto, otra misteriosa luz se desvaneció a las afueras de Pekín, coloreando de plata algunos kilómetros de la gran muralla.
Algunos astrofísicos hablan de agujeros de gusano entre el espacio y el tiempo, otros de anomalías atmosféricas en el campo magnético del planeta; los gobiernos lo achacan a unos ensayos científicos de meteorólogos. Lo cierto es que durante unas horas la humanidad sintió amenazada su lógica, su supremacía sobre La tierra, como especie dominante, amos de su entorno inmediato.
En un hospital de Kinshasa un niño salió del coma la noche de los avistamientos. De sus meses de sueño solo recordaba un hermoso mundo en la orbita de Aldebarán, un lugar repleto de puentes donde apenas se levantaban murallas…

martes, septiembre 04, 2007

El laberinto de marfil


Desorientado al oriente, entre alba y poniente, en algún instante entre pasado y presente, existe un gran laberinto. Un lugar en ninguna parte, el sitio de los perdidos, de los errabundos sin rumbo, de caminantes sin camino, sin exilio ni destino.
Miles de pasillos embrollados, clonados, desencasillados. Tabiques de marfil amurallando los senderos, infinitas baldosas blancas alfombrando cada ruta, cada estancia, cada gruta.
Un infierno elegante y decadente, un inmundo rincón sin mundo, un galimatías de espacios espaciados, yermos, deshabitados. Espejismos inconexos, deja vus en los reflejos, sueños despintados, presagios en las sombras, lagunas en los recuerdos, alucinaciones encadenadas, fantasías descarriladas.
Una prisión en lo mas siniestro de la mente, entre razón y depresión; en el continente mas oscuro de la imaginación, donde las puertas son de entrada y la salida subsiste omitida, en cualquier esquina escondida, entre locura y cordura, consciencia y clarividencia, sumisión e insurrección.
Un laberinto con dragones y mazmorras, heroínas, y fantasmas que dejan tras su estela de polvo, las rayas que dibujan la vereda entre tabiques de marfil, bajo una fría fluorescente blanca, parpadeando en la penumbra de cualquier lavabo…

lunes, julio 16, 2007

La anciana



La anciana murió tranquila, agotada de existir y de maldecir su enfermedad. Había tenido una vida digna y longeva, servil a los quehaceres domésticos, a su familia y a su fe, fruto de la educación costumbrista que había recibido en su pequeño pueblo de las montañas.
Siempre rebosaba energía, a diario limpiaba cada metro cuadrado de la vieja casa al tiempo que charlaba con las vecinas de cualquier suceso. Acudía al mercado mientras dejaba cocinándose a fuego lento algún suculento guiso. Y en el frenético vaivén siempre sacaba un rato para oraciones y plegarias, misas televisadas o cualquier programa de corazón o telenovela matinal.
Cada tarde oraba, rogaba y cantaba a Dios desde los primeros bancos de la iglesia. En esas horas de misa su marido se sonría diciendo que pasaba las horas en el desguace; quizá no hubiera bromeado tanto de saber que una parte de su pensión de jubilado acababa en las arcas de la parroquia. Y por las noches, al acostarse rezaba entre susurros hasta que el sueño le silenciaba.
Y fue con un nuevo despertar cuando la enfermedad la arroyó; aquel amanecer supuso el principio del fin. Su vitalidad se esfumó, las tareas diarias se convirtieron en una tortura física que su frágil cuerpo no podía soportar. La rutina era una condena, un bucle infinito, todo se había desvanecido; sus ganas de vivir, su sonrisa, la luz de su ojos. Durante 3 años vomitó un inagotable chorro de despropósitos devorada por el dolor, amenazando con arrojarse al vacío y acabar sus días. Y así, maldiciendo su sino, murió. Y a pesar de la enorme tristeza que su marcha me provocó sentí un inmenso alivio y una gran paz interior al saber que ya no sufriría más.
Era mi abuela, murió no muy lejos de donde había nacido, en Santurtzi, allende del mar. Se llamaba Charo, tenía el cabello rojo encaracolado, la tez bronceada y salpicada de pecas, y una picara mirada almendrada. Le gustaba observar el mundo sentada desde su banco de la calle y dejar marchitar sus días al sol.



A la memoria de mi abuela, una gran mujer.
Regreso en septiembre.